La Fe Que Agrada A Dios

La fe que agrada a Dios, es aquella que está en el creyente de manera genuina, es la que no duda, que tiene convicción total de su existencia, ya que la fe sin dudar es el ingrediente que se necesita para agradar a Dios.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que él existe y que recompensa a los que lo buscan” (Hebreos 11:6)

Actualmente, el mundo vive una serie de situaciones donde los conflictos, el estrés y los desafíos viene a alterar la vida de las personas, y aun los cristianos no están excepto de ello. Y es allí donde la fe se pone a prueba mostrando esa convicción y fe que agrada a Dios, y que no puede decaer ante las adversidades.

Índice

    La Fe que agrada a Dios

    La Fe que agrada a Dios

    La fe que agrada a Dios, es precisamente, la que el creyente debe ejercitar, pues cuando una persona tiene fe en Dios es más fácil lidiar cada día con las adversidades, esa es la forma para poder lograr las hazañas extraordinarias, que Dios promete para aquellos que no dudan en Él, y asemejarse a las muchas historias que relata la Biblia de las personas que agradaron a Dios con su fe sin importar la situación por la que estuvieran atravesando.

    Sin embargo, hay momentos donde los creyentes pueden tener la fe no muy fuerte, ya que puede llegar a creer que no logrará salir de la situación que lo tiene preocupado. Es en esos momentos que al reconocer la falta de fe se puede buscar el oportuno socorro de Dios para ser fortalecidos, y de esa forma tener la fe auténtica y humilde que a Dios le agrada.

    La Fe que agrada a Dios produce milagros

    En la Biblia hay muchas historias que muestran como la fe puede tocar y activar esa respuesta de Dios a favor de quien lo necesita, y un ejemplo de ello es la historia de una mujer que padeció de flujo de sangre por muchos años y que, gracias a la fe que agrada a Dios produjo ser sanada.

    La Fe que agrada a Dios

    “Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos. Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora” (Mateo 9:19-22)

    Esta situación nos hace ver que para llegar a Jesús ella tuvo que hacer un gran esfuerzo por la cantidad de gente que venía acompañándolo, no fue solo fue un esfuerzo físico, sino que también fue mental al no permitir que lo que pudieran decir o pensar de ella le afectara, ella tenía tanta fe que sabía que con solo tocar el manto de Jesús sería curada, por lo que la fe que agrada a Dios activó el milagro.

    Esta historia revela la fe que se mueve en lo sobrenatural, ella al ver que al tocar el manto de Jesús, su fe produjo el milagro de sanidad. Pero no solo eso sino que Jesús al darse cuenta de lo que había pasado y de sentir el poder que salió de Él, se detuvo y le dijo:

    “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote” (Marcos 5:34)

    Esta mujer creyó con una fe genuina, y esto agradó a Jesús y le concedió también su salvación, era una fe sin dudar, llena de convicción que ante las adversidades no decayó, por lo que la fe que agrada a Dios produjo que con un toque detuvo a Jesús, para recibir el milagro de sanidad y salvación.

    La Fe que agrada a Dios elimina las fronteras

    Cuando se habla de la fe que agrada a Dios, se debe mencionar como Jesús durante su ministerio se consiguió personas que buscaban ser sanadas, sin ser parte del pueblo judío. Y la Biblia narra como Jesús pasó por una región que no pertenecía al pueblo de Israel. En ese lugar se le acercó una mujer que clamaba por un milagro de sanidad para su hija.

    En la Biblia se muestra como Jesús al principio no atendió a esta mujer, ya que Él estaba enviado era al pueblo de Israel, y ella no pertenecía al pueblo Judío por lo que da a entender que no podía hacer nada por ella. Sin embargo, luego ella clamando delante de Él, mostró la fe que agrada a Dios, y Jesús conmovido le concedió la liberación del demonio que la agobiaba.

    La Fe que agrada a Dios

    “Saliendo Jesús de allí, se fue a la región de Tiro y de Sidón. Y he aquí una mujer cananea que había salido de aquella región clamaba, diciéndole: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí! Mi hija es gravemente atormentada por un demonio.

    Pero Jesús no le respondió palabra. Entonces acercándose sus discípulos, le rogaron, diciendo: Despídela, pues da voces tras nosotros. El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.

    Entonces ella vino y se postró ante él, diciendo: ¡Señor, socórreme! Respondiendo él, dijo: No está bien tomar el pan de los hijos, y echarlo a los perrillos. Y ella dijo: Sí, Señor; pero aun los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos. Entonces respondiendo Jesús, dijo: Oh mujer, grande es tu fe; hágase contigo como quieres. Y su hija fue sanada desde aquella hora” (Mateo 15:21-28)

    Se puede resaltar que, aún ante el trato que recibió de Jesús, ella tenía fe en que la solución de su hija estaba en Él, y ella se mostró humilde, sin orgullo ante Jesús, de tal manera que llamó su atención y tuvo su agrado. Y la fe que agrada a Dios que viene de un corazón humilde, pudo llevar sus preocupaciones ante el Señor, y fueron respondidas.

    La Fe que agrada a Dios quita el lamento

    La Fe que agrada a Dios

    La fe que agrada a Dios, viene a ayudar a vencer las circunstancias adversas que por mucho tiempo causa lamento en las vidas, y eso sucede cuando se fija los ojos en el Señor, aferrándose en la fe que agrada a Dios.

    En la Biblia se encuentra la historia del ciego Bartimeo que al escuchar que pasaba una multitud en la que venía Jesús, él con una gran fe gritó: “¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!”. Aún cuando la multitud le decía que se callara, él gritaba aún más fuerte: “¡Hijo de David, ten misericordia de mí!” Jesús al escucharlo lo mandó a llamar y le preguntó:

    “Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino” (Marcos 10:51-52)

    Este hombre pudo haber seguido su lamento por su condición, pero el decidió confiar en Jesús y se mantuvo firme llamándole hasta que lo escuchara, evidenciando como a Dios le agrada la fe que lo busca, y no se cansa de llamarlo hasta obtener su respuesta.

    A Dios le agrada la fe fuerte y firme, donde como lo hizo este hombre en el que sabía que por medio del Señor, podría recibir su vista, ya que tenía fe en ese Dios sanador, proveedor, salvador, libertador, un Dios vivo que sabía que lo escucharía.

    La Fe que agrada a Dios está en acción

    La Fe que agrada a Dios
    La fe que agrada a Dios también requiere acción durante la adversidad, ya que en cada una de las historias, se puede ver como cada uno de ellos no solo creían que Jesús los salvaría sino que actuaron para que Él los notara y fueran escuchados, para lograr ser salvados.

    “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.” (Santiago 2:17-18)

    Es importante comprender que la fe que agrada a Dios es la que va a sostener al creyente durante los momentos difíciles y mostrará la salida. No se debe olvidar que la actitud de humildad ante Dios hará que Él muestre su innegable misericordia y gracia, para con aquellos que necesitan de su ayuda.

    Es por ello que la fe que agrada a Dios debe ejercitarse cada día, ya que si la fe no está puesta en Dios, las cosas no saldrán de la mejor forma, es entonces allí donde el creyente debe poner nuestra mirada en Él y olvidarse de lo terrenal. Y abrazar la promesa que Dios le ha dado a todos los que han puesto su fe en Él.

    “Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis” (Jeremías  29:11)

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